Imagen: Autumn Nocturne, Ceren Barlas, 2025, fotografía digital.
Estambul ha vivido en mi imaginación desde muy joven. Saber que existe una ciudad donde Europa y Asia están separadas por un estrecho, una urbe rodeada de mares que han inspirado a tantos y que ha sido parte fundamental de la historia humana, es justamente el tipo de lugar que me gusta visitar.
Escribí un montón de cosas mientras visitaba Estambul, y aunque todo lo que escribimos sirve, no todo lo que escribimos vale la pena compartir. Así que una noche, sentado frente al Bósforo, comencé este breve relato. Pasé varios días editándolo y por fin me atrevo a publicarlo.
Pienso que los objetos cargan memorias, y fue justamente eso lo que inspiró este texto.
¿Tienes objetos que te recuerdan a alguien? ¿Te has deshecho de cosas para intentar olvidar?
Bósforo
Julián viajó para olvidarla, para que de una vez por todas, su imagen, su voz y, más que nada, su olor salieran de su cuerpo. Traía cargando una bolsa de lino con su cabello, que pensaba quemar, de preferencia a la orilla del mar, algo que esperaba que borrara el recuerdo de ella.
Pero las memorias no se eliminan, se olvidan tal vez. Y el olvido está atado al tiempo, se mueve a su propio ritmo. Borrar es una acción y, en la consciencia, no tenemos ese poder.
La conoció en una pista de baile, el único lugar donde hombres como él pueden conquistar mujeres como ella. Julián no era un hombre guapo, pero a la hora de tomarle las manos a alguien, le hacía sentir como si lentejuelas se desprendieran de su cuerpo con cada giro, como si el piso desapareciera y sus cuerpos volaran como listones al viento.
A ella le sudaron las manos la primera vez que bailaron juntos. No eran nervios, más bien anticipación. Lo había visto bailar en otras ocasiones, moviendo la cabeza en dirección a donde iban sus pasos, gozando cada cambio con los hombros, las caderas y siempre sosteniéndola, haciéndole saber que ahí estaba para ella, por si tropezaba o lanzaba una mano que necesitaba ser tomada. Él la dirigía sin saber realmente adónde, pero ella sentía la naturalidad de su certeza, como si Julián pudiera anticipar el futuro.
A las semanas bailaban en su sala, a obscuras. Él tomaba su cintura y, aunque era más bajo que ella, sus brazos la movían con la confianza de un conductor de orquesta. Ella lo miraba, esperando a que la besara, pero solo sentía su respiración en el cuello, oliéndola, como si buscara algo en su aroma.
Pasaron meses, se besaban las orillas de los labios y se miraban a los ojos sin decir nada. Julián le acariciaba el rostro y le pasaba los dedos por el cabello, llevando las manos a la nariz después, como cuando se toca una flor.
Por las noches, ella sentía cómo Julián respiraba cerca de su cabeza. Le preguntaba si estaba despierto, pero él no respondía. Cerraba los ojos y se hacía el dormido.
Un día ella encontró una bolsa de lino debajo de la almohada. Le preguntó qué era y él le confesó que eran sus cabellos, hilos que encontraba en la casa y guardaba para olerlos en la cama cuando no podía dormir.
Ella le contó la historia de Kemal y Füsun, del Museo de la Inocencia de Orhan Pamuk, en la que el protagonista guardó, además de un museo entero de objetos, más de dos mil cigarrillos besados por los labios de su amada. Julián le preguntó qué tenía que ver esa historia con él. A ella le sorprendió que él no viera las similitudes, la obsesión por contener a Füsun en objetos.
Acordaron leer la novela juntos y, una semana después, la discutieron mientras cenaban en casa, pero el diálogo se redujo a lo que ambos recordaban de la historia, y Julián se mostró molesto cuando ella le compartió que, para ella, el libro trataba sobre la obsesión de un hombre. Julián se levantó a abrir las ventanas; se veía incómodo y, al regresar, la tomó de la nuca y la besó. Hicieron el amor en la mesa y ella le pidió que la jalara del cabello mientras él empujaba su cuerpo contra el suyo.
A la mañana siguiente, ella se paró bajo el dintel de la cocina y observó a Julián recogiendo el pelo del piso del comedor y metiéndolo en la bolsa de lino. Después de darle los buenos días sonriendo, le preguntó:
—¿Qué vas a hacer cuando no quepa mi pelo en esa bolsa?
El silencio de Julián hacía que sus ojos negros parecieran aún más grandes. Sus labios dibujaron un gesto osado y, por primera vez, ella sintió miedo. Se imaginó enormes pacas de pelo en la esquina de la casa y vio a una mujer parecida a ella, calva, sentada en una esquina, con los ojos como de charco obscuro, profundo, solo reflejando la luz blanca del techo.
Esa noche, y muchas otras después, él intentaba besarla, se movía hacia su almohada y ella sentía su respiración a sus espaldas. Julián acercaba sus caderas para que lo sintiera erecto. Ella se movía hacia la orilla de la cama y le decía que tenía que trabajar temprano. Los dos se quedaban despiertos en silencio, viendo la obscuridad del cuarto por horas. Él respirando agitado, ella con los puños cerrados.
—Ya no has recogido mi cabello —le dijo ella una mañana tomando café. No quería hacerlo sonar como un reclamo, así que habló con un tono infantil.
Julián siguió la forma de su rostro, analizándola. Respiró profundo y luego dijo:
—Ya no es igual. No quiero mezclarlo con el que tengo guardado.
Lo vio levantarse de la mesa, recoger los platos y lavarlos en silencio. Ella tomó el pelo más cercano a sus sienes y lo olió para ver si había algo distinto en ella. Le pareció ridículo el impulso de dudar de sí misma. Era ella, se reconocía. ¿Qué era lo que él había perdido?
Una noche, después de cenar en su habitual silencio, Julián le dijo que iba a caminar y ya nunca regresó. Cuando ella escuchó la puerta, sintió que no volvería a verlo.
Ella se enteró de que Julián había estado en Estambul. Hacía tiempo que no sabía nada de él y la noticia le arrebató el sueño. En la duermevela, lo vio sentado en un malecón. Detrás alcanzaba a ver casas rosadas levantándose entre mezquitas blancas hacia una colina. Julián, con su inmutable silencio, veía los barcos navegar por el Bósforo, en esa coreografía milenaria presenciada por sus aguas. Lo vio juntar algunas piedras en un circulo, acomodar madera y pasto seco y cerrar los ojos por unos momentos. En la mano traía la bolsa de lino; la olió durante unos segundos antes de prenderle fuego.
Pasaron ocho años desde que se despidió con el cerrar de la puerta y dos años desde que dejé de buscarlo.
Cada vez que veo mi pelo en el lavamanos o en la regadera, me acuerdo de él: de cómo se mordía el labio inferior al bailar, de sus carcajadas de actor de teatro, de su mirada enmarcada por frondosas cejas. Yo también quemé todo lo que dejó en la casa, lo llevé al desierto y le prendí fuego una noche sin luna. Bailé alrededor, girando con los brazos abiertos y las palmas mirando al cielo obscuro.


