Con otra piel
De cómo las lealtades se negocian en el mundial.
Estadio Azteca en el partido Colombia-Uzbekistan, 2026
Escuché en un podcast el concepto de una jerarquía de lealtades para el Mundial. Los locutores discutían qué equipos apoyarían durante el torneo. No se trataba de qué equipo probablemente ganaría, sino de qué equipo apoyarían por razones de lealtad.
Al final, todas las lealtades son fabricadas, así que el ejercicio me pareció interesante y, además, útil para cuando se enfrentan dos equipos de los que no tengo ningún contexto. Poder escogerlos por alguna memoria, una amistad, o cualquier razón que no tenga que ver con el fútbol.
Naturalmente, el equipo en la cima de mi jerarquía de lealtades es México. No porque crea que se van a llevar la copa, sino porque es el país donde nací y al que le tengo una profunda lealtad cultural, un apego, se podría decir. Pero después de México, ¿quién? ¿Y por qué? ¿Y luego? Y así sucesivamente.
—¿Tiene la de los cien años? —le pregunté a un colombiano en el Mercado Medellín.
—Está chimba esa, pero la nueva está más bacana. Vea pues —el joven, con acento paisa, me mostraba la amarilla, la de siempre.
Mi tío y yo nos preparábamos para ir al juego de Colombia contra Uzbekistán al día siguiente, y le había advertido que irle al país de la antigua Unión Soviética no era opción. Aceptó y nos dirigimos al mercado más cercano a comprarnos una casaca para unirnos a la barra colombiana al día siguiente en el Azteca.
Fue interesante negociar el ponerse otra camiseta, no porque hubiera rechazo, sino porque se siente como ponerse otra piel. La de un extraño, casi.
En mi lista de lealtades, cualquier país latinoamericano sigue de México. Y Colombia ocupa los primeros lugares. No solo es un país que considero culturalmente similar al mío, sino uno en el que tengo entrañables amistades y memorias. Si no hubiera nacido en México, sospecho que habría querido nacer en Colombia.
Mi tío no había visitado el estadio Azteca por más de cincuenta años, y a la Ciudad de México había venido solo de pasada, así que le propuse que fuéramos a una cantina cerca del Ángel de la Independencia a ver el partido Argentina contra Algeria. Así visitábamos la icónica glorieta y nos echábamos un alipús.
Con las casacas compradas para portar al día siguiente, caminamos por Insurgentes en dirección a Reforma. Mi tío observaba con una sonrisa infantil los largos autobuses rojos tapizados de espaldas y brazos de personas camino a casa. Al pasar por las esquinas, el burbujear del aceite cocinando garnachas nos hacía voltear a ver a los comensales que apenas tomaban camino a casa. De repente, un claxon nos detenía en las calles encharcadas por la última lluvia, chapoteando bajo las llantas. Arriba, el cielo pardo del Dr. Atl advirtiendo la noche.
En cuanto pisamos la Zona Rosa, empezamos a verlos. Primero, cientos de colombianos con banderas enormes y el tradicional sombrero volteado. Alegres y orgullosos caminaban con familiaridad, coreando: Colombia, Colombia, Colombia. Al aproximarnos al Ángel, ya eran miles. Se habían tomado la glorieta entera y bloqueado la Avenida de la Reforma, tomando guaro, cantando reguetón y vallenato.
A las orillas de la glorieta, cientos de granaderos, con escudos transparentes, observaban a los sudamericanos en su algarabía. Sus caras serias, parecidas a las estatuas de la avenida, leales al orden, a un exceso de dejar de ser testigos para convertirse en protagonistas.
Finalmente nos sentamos en la cantina y, entre totopos, guacamole y unas frías, discutimos de las lealtades. Mi tío le es leal a México y después al buen fútbol. Así que le importa poco el país que esté jugando; él solo quiere ver un buen partido. Una posición mucho más práctica que la mía, que desde el arranque del Mundial se ha desmoronado. Me encontré echándole porras a Marruecos cuando encaró a Brasil.
Al medio tiempo salí a dar una vuelta a la glorieta. Ya Messi había anotado y los algerinos se veían desinflados. Afuera, los colombianos apenas tomaban su segundo aire.
—Sí, sí, sí, este amor es tan profundo… —coreaban los de amarillo.
El grupo había crecido y se asemejaba a una fiesta popular, con vendedores ambulantes y grupos bailando a distintos ritmos bajo una leve brisa.
Escuché a un mexicano quejándose de la basura, calificándola como una falta de respeto de parte de los colombianos. Me pareció interesante la reacción y me recordó las críticas contra los mexicanos en nuestras celebraciones en los Estados Unidos. Me hizo reflexionar en lo que sentimos cuando personas de fuera toman espacios así, con tanta libertad.
Pensé entonces que la jerarquía de lealtades también aparecía ahí. Para algunos, aquella noche lo importante era el orden; para otros, la posibilidad de ver a miles de colombianos celebrar como si la ciudad también fuera suya.
Colombia le metió tres a Uzbekistán y jugó como local. Un Azteca abarrotado de gente de amarillo alentaba a sus once, y en las gradas se formó la ola un par de veces. Los colombianos seguían orgullosos, con la frente en alto y el amarillo omnipresente.
Mi tío disfrutó del buen fútbol; yo, de su compañía. Hasta brincó, bailando de la emoción. Los colombianos agradecían a los mexicanos por el recibimiento, y la ciudad siguió recibiendo a miles y sus lealtades.
¿Cómo decides las tuyas? ¿Cómo escoges a quién apoyas, o qué merece tu atención este Mundial?


