Corpus Urbis
Notas desde la fiebre y una piel.
Foto: El Domo de Berlin, 2026
¿Cuándo fue la última vez que sentiste tu cuerpo? No me refiero al dolor que notas, tal vez crónico, tal vez pasajero.
Tampoco esa parte tan íntima que acaricias cuando quieres salir de la mente.
Me refiero a la estructura entera, al cuerpo.
Pasé unos días en una de mis ciudades favoritas de Europa: Berlín. Desde la primera vez que vine, me cautivó entender que, como todas las ciudades del mundo, esta también está en constante cambio. Sin embargo, esta va en resbaladilla y sin frenos. Berlín se transforma vertiginosamente sobre unas ruinas tenebrosas y, a su vez, magníficas.
Llegué un domingo, planeando visitar la larga lista de lugares interesantes que nacen y mueren en esta capital. Y esa noche, en pleno verano y con frío, sentí la primera punzada. Le tomé a la cerveza para ver si se pasaba,
y persistió,
una punzada más.
Para la mañana siguiente ya tenía escalofríos y el cuerpo cortado. Para esa noche, quedé tirado en la cama. Aluciné con perros corriendo, nubes creciendo, naufragios, martillazos... Pum, pum, pum, me hacían las sienes. La boca seca, out.
Así duré tres días, sin la posibilidad de salir a explorar, a ver sus paredes rayadas, sus edificios tan distintos entre sí y tan parecidos entre ellos. Por tres días leí, dormí y soñé con tu cuerpo.
Con el cabello empapado en la almohada, veía los umbrales de cavernas. Negros destellos entre luz roja. El rebotar de un beat taladrando los hemisferios.
Me amarré un paliacate a la frente para ver si dejaba todo afuera, para que no me invadieran memorias escalofriantes de muerte y terror.
Al cuarto día, espectral y adolorido, me estiré en el suelo del ático donde dormía. Un cuadrado convertido en cuarto de huéspedes, con ventanas viendo al cielo. Ahí me permití recibir el sol y, lentamente, volví a tomar color.
Me lavé el cuerpo, aún débil; cepillé unos dientes sarrosos, la lengua blanca, muerta, y me embadurné de bloqueador.
Ts-ts, hasta me perfumé.
Salí a buscarte de nuevo. A explorar los rincones que aún no te he visto, con la emoción de un niño que llega a un parque a jugar.
Qué feliz me ha hecho volverte a ver. Te hace bien ese sol de verano efímero y la manera en que te adornas con tanto verde, tanto espacio que permite la vida de tantos, de tantos lados.
Veo hacia tu derecha, donde se pone el sol: edificios gargoleados, cúpulas y picos dorados recibiendo al ocaso.
A tu izquierda, en el Este, los Neues Bauen, bosquejados por hombres de cristal, soñando con viviendas saludables y un rumbo que nunca llegó. Ahora esas cajas funcionales viven y se arreglan con aretes que cuelgan del balcón.
Las vías del tranvía se iluminan como el Spree cuando nos vemos a los ojos. Y, como siempre, en las noches, carcajadas jóvenes nos rascan las costillas, rebotando entre tu concreto brutal y la rosa cantera.
Cuando extrañé mi casa, visité tu jardín, con los abuelitos barbudos, el ocotillo avispado y los San Pedritos apenas quebrando el crust. Como todavía traía el mal, me llevé a la boca tus hojas y caminé con dientes verdes y la pupila abierta.
La última noche decidí no dormir.
Verte respirar tranquila.
Sentado, viendo tus tantos nombres en aerosol, recordé que hay que tener paciencia para entenderte.
Y dejar de lado la seriedad para respetarte.
Siento de nuevo mi cuerpo, completo.
Veo el tuyo, tan pardo.
Tus pieles, ahora tersas, donde antes fueron laceradas.
Es tu cuerpo el que adoro.
Es en el que me ahogo.
Y parto ahora, hasta volverte a ver.
La Bella Práctica es un espacio donde practico la escritura. A veces sale un ensayo, un relato o un poema; otras, como esta vez, simplemente sale lo que salió.
Gracias por leer y por acompañar esta práctica. Me encantará conocer tu opinión. Nos leemos pronto.


