Después del silencio
Un niño navega el silencio del sábado en la mañana — relato corto
Eric Fischl, Best Western, 1982. Óleo sobre lienzo.
Al despertar, escucho los ronquidos que vienen de la sala. No es mi tio. A este se le va el aire.
Las mañanas de los sábados y domingos son mis favoritas. En el ambiente siempre hay un silencio bofo, espeso. Entre los escombros de la parranda a veces encuentro dinero o algún objeto interesante que llevar a la escuela.
Duermo en la cama de arriba de una litera, desde donde, en los últimos días, no dejo de pensar que se va a acabar todo. Los adultos hablan de una planta nuclear por allá en San Diego y dicen que en cualquier momento la bombardean y nos calcinan a todos. Justo me desperté pensando que aunque el pleito es del otro lado, aun así nos llega hasta acá la destrucción. La frontera no nos protege. No sirve de nada.
No sé si ya salió el sol. La ventana siempre está cubierta con una cobija gruesa y aquí parece una cueva. Se me están ajustando los ojos y me asomo a la cama de abajo, agarrándome del barandal, para ver quién está ahí. Es mi tío, el que pone y quita las cobijas, y seguro que anoche se quedó despierto hasta tarde.
El crujir de la litera siempre me pone nervioso; sé que si hago mucho ruido, lo puedo despertar y me cae a gritos. —Hijo de la chingada, bueno para nada, cabeza de mierda —Los insultos se le dan bien, y en especial cuando no están mis padres.
Bajo como un gato, en silencio. El frío del piso me da los buenos días. Le echo un último vistazo a mi tío, que parece un encobijado de los que se encuentran en la calle. Abro la puerta con cuidado y salgo de puntitas. Nadie se ha despertado todavía, así que me dirijo a la sala con la intención de prender la televisión antes de que me la ganen, aunque tengo el presentimiento de que, gracias a quien ronca ahí, no habrá caricaturas esta mañana.
En el piso hay unas botas vaqueras, color guinda y puntiagudas, como las que a veces traen puestas los músicos. En una silla hay un pantalón con un cinto con un gallo bordado. En el sillón duerme un hombre que no conozco.
No alcanzo a verle la cara, sólo que tiene pelo por toda la espalda. En la mesa de centro veo una identificación que parece de algo de gobierno y, a un lado de la almohada, una pistola color cromo.
Esta es distinta; brilla como el escape de un auto y la tengo justo enfrente. Entre más me acerco, más ganas me dan de tenerla en mis manos, de sentir cuánto pesa, de ver cómo es el cañón. Me gusta ver los distintos tamaños de las balas que encuentro. Dicen que si le picas por detrás, te explota. Yo nunca me he animado.
La tomo con mucho cuidado y el dormido solamente pausa el ronquido, como si tomara bocados de aire. Me quedo inmóvil, intentando no hacer ningún ruido. De repente, suelta la respiración como un ahogado resucitado. Yo me alejo de él por si acaso se despierta.
Con la pistola en las manos, camino descalzo por la casa. El piso del comedor está pegajoso y hay botellas de alcohol y latas de cerveza por todas partes. Veo unas moscas desayunando en los platos que dejaron anoche y pienso que ahorita me va a tocar limpiar.
La cargo con las dos manos porque no sé cómo agarrarla. He visto cómo lo hacen en la tele, pero nunca me han prestado una y están más pesadas de lo que imaginaba.
Recargado en el refrigerador, levanto la pistola con los dos brazos. Apunto a la estufa y cierro un ojo. Apenas puedo cargar el arma con una mano. Bueno, sí puedo cargarla, pero levantarla por un rato no.
Escucho al de la sala toser. Creo que se volvió a ahogar.
La examino más de cerca. El gatillo está duro y, en la parte de al lado, tiene una palanquita que sube y baja, como si se prendiera y se apagara. Intento moverle la parte de arriba, como he visto a mi papá hacerlo para sacarle una bala, pero está muy dura y no puedo jalarla. La dejo por un momento en la mesa y agarro un puño de cacahuates de una bolsa que dejaron abierta. Solo se escuchan los tronidos de los muebles que se ajustan al silencio y los ronquidos del extraño sin pistola.
Como no voy a poder ver las caricaturas, me pregunto qué puedo hacer antes de que se despierten. ¿Y si me voy a la calle a buscar cochinillas? Me gusta encontrar bichos en la tierra y hacerlos jugar carreras. Pero el ruido de la puerta puede despertar a alguien. Me quedo viendo el cromo del arma y pensando si bombardearán a los gringos.
La vuelvo a tomar. Esta vez, como los policías de la tele cuando van de cuarto en cuarto en las películas. Me pego contra la pared, como si hubiera alguien del otro lado; me hinco, cierro un ojo y apunto sonriendo.
Escucho que el hombre se mueve en la sala; se acomodó en el sillón donde duerme. Me quedo congelado, con la pistola apuntando al suelo. Cuando escucho que respira profundamente de nuevo, camino hacia él. Le apunto a la cabeza. Pongo el dedo en el gatillo. Esta vez no está duro; lo jalo. Siento el disparo empujarme los brazos. Caigo.
Luego, nada. No recuerdo más.


