El tiempo y la paternidad
Una fábula inspirada por mi deseo de ser padre.
Grabado de Coenraad Jacob Temminck, Nicobar Pigeon, de Les Pigeons (1808–11).
De adolescente, comencé a guardar libros que pensé algún día les leería a mis hijos. Con el tiempo, la pequeña colección se ha reducido; los he ido regalando a los niños de mis amigos. Pero aún me quedan algunos, y en ocasiones le agrego algunos nuevos, aferrándome a la posibilidad de arrullar a un hijo contándole las historias de otros.
Hace unos años, una amiga me contaba sobre su preparación para el nacimiento de su segunda hija. Igual que el primogénito, la niña nacería con el apoyo de una amiga que gestaría a la criatura en su vientre y le entregaría a mi amiga al nacer.
Ella sabía de mi ilusión de ser padre y me preguntó qué estaba esperando. Pues una pareja, le respondí. Sonrió con lástima, una mezcla de incredulidad y ternura.
—¿Y por qué no tener un hijo tú solo? —Me preguntó.
Pasados los cuarenta años, la posibilidad de ser un padre soltero nunca se me había ocurrido, y menos aún, formar parte de un proceso sin una madre gestante que no fuera mi pareja.
La conversación con mi amiga me ayudó a abrir un nuevo camino, así que comencé a preguntarme si el deseo de ser parte de la crianza de un niño o una niña era lo suficientemente fuerte como para explorar la posibilidad de ser padre soltero.
No era una decisión que tomaría a la ligera, así que me di un año entero para explorar siquiera si de verdad quería ser padre. Me puse como meta que, antes de las campanadas del nuevo año, decidiría si tomaría el paso y tendría más claridad sobre el método que mejor se alineara con mis valores.
Durante ese año entrevisté a otras personas y agencias involucradas en la adopción o en nacimientos subrogados. Aprendí que estas prácticas son más comunes de lo que pensé, aunque socialmente no es común que se hable de ello abiertamente.
Durante décadas, le entregué todo al trabajo, a la comunidad, a mis amigos, familiares. Y en algún momento, al ir tan rápido, perdí hasta eso; en la trajinera de la vida dejé atrás relaciones y compromisos, y como dice Juan Gabriel: “la costumbre es más fuerte que el amor”.
Formé un hábito de estar siempre produciendo, el cual ayudó a construir proyectos, una carrera profesional sólida y un propósito claro: ayudar y ser útil. Pero este estilo de vida me hizo pasar la mayor parte de mi vida en constante movimiento, e incapaz de enfocarme, de estar presente para mí y para otros.
Lo primero que tenía que cambiar era mi relación con el tiempo y mis compromisos. Así que me di a la tarea de desprenderme de responsabilidades innecesarias, cambié mi búsqueda de lograr cosas nuevas y crecer las cosas a mi alrededor, a entender el arraigo y trabajar en lo profundo, y no lo superficial. Poco a poco me he dado cuenta de lo que hago por necesidad, y aquello que me pide el ego, y he intentado viajar menos, únicamente cuando es imprescindible.
La fábula que les comparto proviene de ese proceso de cuestionar mi relación con el tiempo y su utilidad. De lo que perdí o gané mientras cumplía con lo que pensaba eran mis responsabilidades, y de lo que espero construir en esta nueva temporada de mi vida.
Avísame qué pensaste de la fábula y de su mensaje, y nos leemos pronto.
Fénix
El ave se paraba en la orilla del nido todas las mañanas en cuanto salía el sol, calentándose las alas. Después de estirarse, sacudir la cabeza y limpiar sus plumas, revisaba a sus polluelos. Ese día estaban ahí, con la boca abierta y sus pequeñitos ojos negros reflejando la primera luz del día.
El ave acomodó sus patas y saltó del inmenso árbol. Agitando las alas, se dirigió a buscar comida para sus polluelos.
Se paró en un tronco caído, en descomposición, y con el pico buscó lombrices. Nada.
Con un par de aletazos se dirigió a una rama seca, buscó orugas, insectos, algo que pudiera repartir entre sus hambrientos pajarillos.
Se dio cuenta de que había muchos árboles en el suelo seco, y algunos de los troncos que todavía estaban en pie, tenían apenas un par de hojas vivas.
El ambiente olía a ausencia.
El ave comenzó a volar más lejos para buscar un área con más vegetación. Se paraba de repente a descansar. Levantaba el pico para informar su dirección. Nada. Ni insectos, ni plantas. Ni su olor.
Así pasó el tiempo, de rama a tronco, volando y levantando el pico, buscando.
Poco a poco el ave se olvidó de dónde había dejado su nido. Era tanto su afán por encontrar comida, que se le olvidó dónde habían quedado su hogar y sus polluelos.
Voló por días, meses, años. Envejeció buscando y nunca los encontró.
En sus últimos días, el ave recogió ramas y palos de distintos colores y aromas, y los fue juntando para hacerse un nido en el último árbol que quedaba en pie.
Allí, el ave gris, pasaba sus últimos momentos, descansando.
Una noche sin estrellas, un gran incendio consumió lo que quedaba del bosque.
El ave durmiendo en su nido, murió en el ardor.
Se dice que se le ve volar en el firmamento cuando se enciende el alba.
Que se le ve volando frente al sol, como un ave en llamas.


