Good Immigrant
Un cuento corto sobre nuestros límites morales.
Sandstars, Gabriel Orozco. Foto: Alessandro Ghirelli.
Este relato corto es una respuesta a la narrativa del “buen inmigrante”, donde un hombre o mujer trabajadora, de familia humilde y abnegada, queda atrapado en un arquetipo que nos niega la posibilidad de ser algo más.
Es verdad que las comunidades inmigrantes, en su conjunto, generamos muchos beneficios en los lugares donde vivimos, pero individualmente no somos ni buenos ni malos: somos humanos y tomamos decisiones buenas y malas según las circunstancias que nos tocan.
Escuché una historia parecida alrededor de una fogata, en la que un freak accident le cambió la vida a un ser querido. Me animé a adaptarla y jugar con el ambiente y las maneras de retar al lector.
Hace muchos años vi un cortometraje sobre un inmigrante que trabajaba como jardinero en California y era asesino en serie. Me incomodó sentir que alimentaba la narrativa del inmigrante criminal, hasta que escuché al director, un artista mexicano-americano, decir que ese ser humano en particular podía existir: indocumentado, de cualquier raza, género o condición.
Entendí que mi molestia decía más de mí y de mi participación en esta lógica de buenos y malos, que de lo que la historia revelaba sobre nuestras capacidades de ser humanos plenos: enfermos, traumados, accidentados, descolocados. Porque incluso eso nos pertenece: el derecho a ser humanos completos, y no solo aquello que necesita la economía del país.
Tragaluz
Ernesto me pidió que me quedara a lavar las bandejas del día. Si no hubiera sido porque en la mañana se ofreció a ayudarme a subir las cajas de comida, le habría dicho que no. Ya había pasado la medianoche. Solo quedábamos nosotros dos. Al día siguiente teníamos que regresar a la misma hora, antes de que el cielo clareara.
Las luces de la cocina nos hacían olvidar el paso del día. Un filtro blanco constante bañaba la habitación. Me gustaba ver cómo todo cambiaba de color cuando se abrían los grandes hornos. El calor y el naranja de los metales incandescentes rompían la seguridad que ofrecía la luz fría y sintética del techo.
Esa misma luz me cubría mientras tallaba la grasa de las bandejas. La espuma reflejando su presencia. El cuello doblado, doliente, recordándome que esta postura, tan opuesta a la dignidad, es la que me da de comer. Siempre mirando hacia abajo, preparando lo que otros disfrutarán en alguna fiesta de pipa y guante.
Volteé buscando a Ernesto y no lo encontré. Me quité el delantal, puse las dos manos en la espalda baja y me estiré, lanzando las caderas hacia el frente. La cabeza me retumbó. Empecé a ver destellos de colores. Me sostuve del lavabo, metí la mano en el bolsillo y noté las llaves del auto. Con las manos mojadas, dejé las bandejas enjabonadas y me dirigí a la salida.
Afuera la noche era obscura y tibia. Solo las calles y sus pequeños reflectores hacían círculos en el pavimento negro de la ciudad. Abrí el auto, me senté todavía dudando si me iría. Un din din me recordaba que tenía que cerrar la puerta; esa era la decisión que tomar. Irme o quedarme. Observé la grasa de mi frente en el espejo retrovisor. Ernesto no era mi jefe, pero nunca me había ido así.
Le di la vuelta a la llave. Las luces LED que le había instalado al auto iluminaron las ventanas de la cocina. Todavía no había señales de Ernesto.
Puse reversa, aceleré con prisa innecesaria, cambié el carro a Drive y pisé el acelerador al fondo. Las llantas de atrás patinaron un poco y, a mi izquierda, alcancé a ver un carrito de mandado. Lo golpeé con fuerza con la parte de enfrente; lo vi girar violentamente, con un sonido parecido al de sacudir monedas en el bolsillo. Escuché su voz, una fuerte queja de dolor. Era Ernesto, pero no lo veía.
Detuve el auto. La luz izquierda ahora ciega. En el piso, lo vi con las manos en el vientre. Habían pasado apenas unos segundos, pero la luz ya se reflejaba en un charco de sangre que crecía más rápido de lo que yo podía comprender.
No pude acercarme. Vi cómo se le iba la vida. El carrito, impulsado por el golpe, abrió a mi colega de una sola tajada. Lo escuché quejarse de dolor, o de tristeza, y luego nada. El din din de la puerta del auto me sacó del shock. Me subí de nuevo y me fui a toda velocidad.
Fue esta luz la que me hizo perder la paciencia. Esta misma presencia fantasmal me hizo desesperar. Será la que me vea envejecer, escuchando a Ernesto quejarse, el brote de la sangre, lo sonoro que es el cuerpo al morir.
Esta misma luz será testigo de mis últimos días. Me verá desvanecerme, perder la juventud y la razón. Nunca cambiará. La maldita luz.



Al terminar de leer la historia regresé a leer el título y me quedé meditando. El título describe las diferentes situaciones de la historia.
Gracias por escribir esta historia. Así se sienten las realidades de muchas personas tachadas como malas, o malos inmigrantes.