La ciudad tomada
Una crónica del día en que comenzó el Mundial.
Estadio Azteca en el partido inaugural del Mundial de Fútbol, 2026
Hola. Si es tu primera vez por aquí, gracias por leerme. Soy un escritor mexicano que vive en Estados Unidos y utilizo este espacio para practicar la escritura.
Durante los próximos días compartiré crónicas y bitácoras de lo que voy viendo en la Ciudad de México mientras transcurre el Mundial.
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—Quítense, que no ven que vamos a trabajar—. Así se abría paso en el metro una señora entre la multitud. El rostro digno y la frente hecha un puño. Unos cuantos atrás de ella, en fila, en dirección opuesta a la nuestra, con el mismo gesto y la vista al suelo.
Nos despertamos antes de las siete de la mañana. El estómago ácido y confundido; todavía digiriendo los tacos de más que nos hizo comer la emoción de estar aquí, en la capital mexicana.
El cielo había estado gris durante días. Tlaloc bendiciéndonos y lavando las calles de una ciudad tomada por visitantes, todos con la fiebre futbolera a tope y con ganas de celebrar estar aquí, en la CDMX.
La noche anterior vimos a otros visitantes. Maestros venidos de todas partes del país, aprovechándose de la vulnerabilidad del gobierno mientras hay visita para exigir sus demandas. Acampaban bajo lonas en lo que fue el corazón del imperio mexica. Los ojos alertas y el cuerpo agotado, preparados para manifestarse justo aquí, en la antigua Tenochtitlán.
Los locales amanecieron como todos los días, alistándose para la aventura que les esperaba en esta urbe de más de 24 millones de habitantes. Conscientes de que comenzaba el Mundial de Fútbol. Un cagadero, dijeron varios; una inconveniencia para su rutina diaria y posibles bloqueos por toda la ciudad.
Nosotros éramos solo dos, un sonorense y un sinaloense, vestidos de verde y buscando el metro más cercano en dirección al estadio. Mientras caminábamos, nos topábamos con otros, formando pequeños arroyos de aficionados, puliendo aún más los desgastados escalones del metro, todos con la ansiedad de ya estar ahí, en la apertura del torneo más importante del mundo.
La amenaza de bloqueos obligó al gobierno a cerrar algunas líneas del metro, por lo que la información proveniente de nuestros celulares era ahora irrelevante. El arroyo se truncaba; algunos preguntábamos por direcciones y los locales nos ofrecían lo que sabían. El arroyo avanzaba, muchas veces sin saber adónde ni por qué.
El objetivo era ahora el metro Acueducto, donde se podía conectar con Tasqueña, el último filtro antes del estadio. Caminamos por varias cuadras; algunos tomaron taxis y otros cambiaron de dirección. El flujo de gente era cada vez más delgado. Al llegar al metro, los maestros manifestantes con la bandera en alto y las puertas del metro cerradas.
Es peculiar la manera en que los humanos nos conectamos con extraños en situaciones así. Los mexicanos criticaban a la presidenta, los de fuera teorizaban sobre el nivel de riesgo y otros resolvían lo que seguía. Un gran organismo que, por momentos, se desprendía y actuaba de manera independiente, y otras veces colaboraba para llegar al siguiente paso.
Al llegar a Tasqueña, el arroyo ya era un río, avanzando en la misma dirección, sólido y verde, del que salían cánticos: “México, México, México”. De repente, todo se detuvo. En la salida de la terminal había un filtro de seguridad en el que revisaban los boletos uno a uno. El río se vertió en una presa; cientos de personas paradas, esperando a ser autorizadas para pasar. Fue ahí donde la señora nos recordó que ella tenía que trabajar.
Fue lo último que vimos de la realidad. Al pasar el filtro de seguridad, atravesamos una frontera en la que todo se convirtió en un entorno controlado. El tren ligero, con amplio espacio, limpio e iluminado. Las calles vacías; por ellas, ni siquiera un solo vendedor ambulante. A través de las ventanas se veían policías de negro y escudos de granaderos. Filas y filas de ellos ocupando las calles principales, esperando a quién sabe quién.
Atrás quedaron los que se dirigían al trabajo, los policías, los maestros y las madres buscadoras, los vendedores y los locales que nos dieron indicaciones. Al frente se veía un mundo de fantasía, construido sobre privilegios, identidades compartidas y la celebración.
De repente, el recinto. Un estadio que nunca había visto de cerca, pero que conocía bien. Sede de tantas memorias de la niñez, de noches de boxeo, de clásicos de domingo, de amistosos internacionales. Sentí que se me fueron los demás sentidos. Ya no escuchaba ni tenía necesidad de oler; solo veía el mar verde que rodeaba el recinto: el Estadio Azteca.
Al entrar por sus pasillos, el Coloso de Santa Úrsula muestra solo su frío concreto, pero al pasar por el túnel, filas y filas de mexicanos coreaban canciones y porras, en la antesala del juego de apertura, del Cielito Lindo y de la esperanza de ganar.
Las primeras horas, entre explosiones pirotécnicas, Shakira e intentos de ola, fueron tan solo espectáculo. La mente en blanco, solo observando la masa verde y su anticipación. Pero cuando casi cien mil personas entonaron el himno nacional, algo que recuerdo que me aburría cantar desde la escuela ahora me llenaba los ojos de lágrimas. Una mezcla de orgullo por estar en este país, en este momento, con esta gente. Al mismo tiempo, una profunda nostalgia de que ya no estoy. El sentimiento con el que vivimos los migrantes y que es la razón por la que la selección significa tanto para nosotros. Es la conexión más fácil con algo que compartimos con el lugar en el que nacimos y con quienes viven en él.
México ganó dos a cero a la selección sudafricana. En cada una de las anotaciones vibramos todos llenos de júbilo. Las cervezas volaron y nos abrazamos con extraños, coreando el gol.
Ya con las luces apagadas del estadio, todos regresamos a casa distintos esa noche. Nosotros, con la resaca aguda, los pies mojados por la lluvia y felices de haber compartido este momento. A casa también regresaron los que trabajaban y los que venimos a jugar. Las madres buscando, los maestros exigiendo, el policía alerta. Un país viviendo de manera distinta la fantasía del fútbol.


