Notas desde el fiordo
Una práctica de escribir desde la naturaleza.
Foto: Ciera Martinez, Agosto 2026.
Prefiero visitar ciudades cuando viajo. De hecho, es casi siempre donde termino: grandes urbes que intentan definirse a partir de su historia y de las migraciones de la gente que reciben. Pero Escandinavia es distinta.
Llegamos a Lofoten, Noruega, y de inmediato pensé: ¿y aquí qué voy a hacer? Inmensos espacios enmarcados por vistas de montañas y fiordos, el silencio y el mar.
En la cabaña donde nos quedamos había un libro de Mary Oliver, la poeta del mundo natural. Había terminado de leer los libros que traía cargando, así que aproveché y me desayuné sus ensayos, los cuales me inspiraron a tomar nota de lo que veía cuando salía a caminar, a nadar o a ver el impresionante paisaje.
Escribir desde la naturaleza me parece un reto, ya que necesitamos echar mano de todos los sentidos para situar al lector en el lugar. Además, el mundo natural no hace evidentes sus sentimientos, lo cual nos da la libertad y la responsabilidad de tratar ese misticismo con cuidado.
Esta plataforma es para practicar la escritura, así que les comparto lo que escribí en el lugar más al norte del planeta en el que he estado.
¿Qué lugares del mundo natural te inspiran? ¿Qué lugares te invitan a escribir con todos los sentidos?
Es la carne la que me vuelve al lugar
Sábanas negras cubren gigantes que yacen junto al mar. Este norte es más extraño que el que habito, las montañas son murallas y, en el agua turquesa el universo. Un silencio espeso nos rodea, omnipresente, observando que nadie lo quiera cortar, que nadie ose terminar su paz. Solo la blanca gaviota es audaz, lanzando un grito que sacude al frío, recordándome que aún vivo, que la inmensidad se puede palpar. Desde que las pantallas alumbran mi rostro, lugares como este parecen falacias. Algoritmos voraces queriendo atención. Una gran parvada de pequeñas aves, raja el espumoso cielo gris, pidiendo al lodo, al liquen, al musgo, que no dejen dormir al sol. La niebla arrulla a los colosos que duermen, acariciando sus hombros y codos, deshelando al invierno que se une de nuevo al mar. Subo a las cimas de verde incesante, solo las flores radiantes se atreven a salpicar de colores donde no hay camino. Me esfuerzo por creer que este paisaje existe, que es real, no es pantalla ni píxel, es caliza cincelada por el tiempo, viento y gravedad. El aire se hace menos desde arriba, las nubes se deslizan con el viento, seguras de adonde van, a hacer lluvia y regresar al mismo lugar. Me encontré en la cima al pequeño gorrión, el mismo que visita mi jardín. Brincotea entre las piedras, seguro, sabiéndose de allá y de aquí. Doy un salto al agua fría y pruebo su sal, nado por la selva de algas danzantes, y mi cuerpo se comienza a transformar. Mi sangre quiere emigrar, dejarme pasmado por olvidar su calor. Es la carne la que me vuelve al lugar.


