Practicando con la lealtad
Fragmentos deshilados del presente.
Fotografía: Reuters vía drone
He estado reescribiendo mi primera práctica del año por semanas. Se me ha hecho imposible desarrollar algo coherente. Me siento deshilado, con pensamientos tan esparcidos que no puedo situar ninguno de ellos en mi ser.
Primero quería compartir la historia de un hombre venezolano que me sacó las lágrimas durante mis vacaciones en Ecuador, pero luego Trump invadió Caracas y no podía escribir sobre su historia sin abordar el impacto de la incursión gringa en la región. Bosquejé un texto tropezado y no sirvió ni de práctica.
Para cuando ya tenía algo que decir, comencé a ver las imágenes de Minneapolis, el asesinato de Reneé Good, los llantos de hombres y mujeres secuestrados por ICE. Entonces intenté procesarlo: escribí sobre las lealtades a un país y sobre el coraje que siento contra este lugar que ha sido mi hogar la mayor parte de mi vida.
Lo poderoso de la escritura es que la podemos hacer desde la libertad, desde la queja, el lamento, la burla o simplemente tejer letras con nuestra consciencia. Pero al estar tan desparpajado, el corazón se me cierra, se protege y deja la razón a cargo, dando vueltas en sus rincones, buscando no sé qué, sin encontrar nunca la paz. Escribir cuando estoy así es como divagar sin saber a dónde ir, sin saber siquiera qué sentir.
Salía del aeropuerto internacional de Quito, Ecuador, mientras un agente de migración me cuestionaba:
—¿Destino final? —Una pregunta simple, la cual escucho siempre de manera fatalista, como si declarara que este será mi último viaje.
—¿Cuándo fue la última vez que visitó el Ecuador? —me preguntó el joven agente de pelo engominado.
—Creo que en el 2012 o 13. Pero no recuerdo si entré como mexicano o como estadounidense. —Cuando uno vive en frontera, siempre calculamos las respuestas que ofrecemos a los agentes migratorios, y esta información adicional me pareció necesaria para hacerle saber que tal vez entré con otra nacionalidad.
—¿Y usted cuál prefiere? —me respondió sonriendo mientras usaba mi pasaporte gringo como baqueta de percusión.
De inicio no capté la pregunta, así que intenté aclarar si se refería a mi entrada al Ecuador o a mi lealtad, pertenencia, o simplemente quería saber a qué país traicionaría.
—Uy, qué pregunta tan difícil… no sé ni cómo responderle. No prefiero a ninguno y me gustan los dos.
—Buena respuesta —me dijo satisfecho.
—Pero si le ayuda, cuando México y Estados Unidos juegan fútbol, le echo porras a México.
Me devolvió el pasaporte y, con la mano, me indicó que siguiera mi camino hacia el próximo destino.
En la sala de embarque, la pregunta del agente competía con los anuncios de los parlantes. Sentía incomodidad por su curiosidad imprudente. Me pareció irrelevante que un agente migratorio de un país del que me iba después de unas vacaciones quisiera saber de mis lealtades. Pero creo que lo que más me molestó fue no poder responder fácilmente a la pregunta: que me enredara en una paradoja, sintiendo coraje y decepción por la situación en la que se encuentra el país al que emigré, mientras reemplazo el apego por nostalgia a México.
Abrir cualquier plataforma social en estos días es ser testigo de la crueldad del Estado contra sus ciudadanos. En videos tomados por manos temblorosas, vemos cómo utilizan a niños y herramientas militares para aterrorizar no solo a inmigrantes, sino también a la población en general. Con caras cubiertas y la promesa de inmunidad, le hacen saber al pueblo quién está a cargo: un grupo de criminales soberbios que ha creado su milicia personal para acallar y controlar.
A 250 años de su nacimiento, Estados Unidos aún no ha procesado, ni siquiera aceptado, que la nación fue creada sobre la idea de que un grupo de personas elegidas por Dios eran las dueñas de estas tierras. Arrasaron con poblaciones enteras de indígenas, esclavizaron a Negros, invadieron y se expandieron, siempre con la certeza de que todo era aceptado por su creador.
Las ideas en las que se fundó este país no son todas imperialistas ni opresoras. De sus sociedades han salido también algunas de las ideas más transformadoras: imaginarios culturales que han moldeado al mundo y nociones poderosas de igualdad, todas ellas incompletas, o más bien aún no realizadas, pero ideas profundas que nos preceden, provenientes de civilizaciones y pensadores más antiguos que el primer barco que zarpó a América.
La paradoja en la que me encuentro es el coraje contra este país y, al mismo tiempo, una profunda esperanza de ver las calles de Minneapolis tomadas por manifestantes. Escuchar los silbatos de las redes de defensa contra la deportación. Las herramientas de protección que los propios ciudadanos están creando frente a su gobierno.
En las últimas semanas he hablado con amigos y compañeros que hacen la misma pregunta: ¿cuál es el plan?, apuntando a que no podemos salir de esta situación solo con la protesta. Algo que aprendimos en Arizona durante años en los que las fuerzas policiales criminalizaban y asesinaban a poblaciones. El lema fue “hoy marchamos, mañana votamos”, un ancla que ayudó a desarrollar una estrategia política que, desafortunadamente, terminó en fracaso. El poder político que se construyó fue entregado, elección tras elección, a un partido demócrata inútil. Políticos tan culpables de las realidades que estamos viviendo como el orangután que está en la Casa Blanca.
De momento no tengo soluciones, solo coraje, solo tristeza, pero lo que sí evito es la culpa. No me interesa culparme de “no hacer lo suficiente” ni sentirme insuficiente ante los acontecimientos. Tengo pocas certezas en estos días, y una de las únicas es observar lo que está pasando como parte de un esfuerzo histórico: no algo nuevo ni sorprendente, sino el intento de un grupo de personas que sabe que está perdiendo su lugar en la sociedad, gente que está dando las últimas patadas de ahogado y a quienes el tiempo les arrancará el poder.
Intentarán hacer del miedo parte de nuestras vidas, robarnos la paz y afectarnos de tal manera que bajemos la cabeza y nos hagamos sumisos. Pero hasta los más poderosos tiranos caen con el tiempo, y ellos también caerán. Serán nuestras ideas y nuestra colectividad las que aceleren o retrasen ese momento.
¿Y tú, cómo te sientes en estos momentos? ¿Cómo transformas tus sentimientos en propósito? ¿Qué piensas que es esencial que hagamos o que seamos ahora?
Agradezco mucho tu paciencia y tu apoyo a La Bella Práctica, y espero volver a agarrarle el hilo a esto para seguir procesando y escribiendo juntos.


