Foto: Belfast, Agosto 2026.
Hola, si es tu primera vez leyendo La Bella Práctica, gracias por estar aquí. Este es un espacio donde practico la escritura y comparto crónicas, ensayos, relatos y lo que vaya surgiendo.
En las últimas semanas he estado de viaje, aprovechando un sabático, y he compartido varios textos sobre los lugares que visito y las situaciones con las que me voy encontrando.
Esta semana le toca a Irlanda. Si te gusta lo que lees, ayúdame a hacer crecer esta comunidad compartiendo la página con otros. Y si todavía no lo has hecho, suscríbete.
Un agradecimiento muy especial a quienes contribuyen como suscriptores de pago. Esta semana les comparto un texto que escribí cuando llegué a Donegal para ver el eclipse. ¡Gracias por su apoyo!
Las paredes están tapizadas con fotografías de deportistas, pósters firmados por músicos, imágenes del bar en blanco y negro y artículos de periódico que reportan sobre republicanos irlandeses.
Mis ojos clavados en una fotografía color sepia que muestra una muralla de garda frente a jóvenes gritándoles, mientras sus compañeros los detienen de los brazos.
Bajo la imagen y frente a mí, un hombre canta con una voz que parece venir de lo más obscuro de una tormenta: impredecible, peligrosa y cuajada en dolor. Las sílabas tiemblan como un zumbido que viene de mucho antes, desde que descubrimos el poder de la canción.
El sonido de una flauta, parecido al llamado de un ave, se une al lamento. A su derecha, un hombre que lleva una camiseta con una frase irónica palmea un tambor, mientras un guitarrista con los ojos cerrados nos muestra las venas verdes que le suben por las sienes mientras serpentea las cuerdas con las yemas de los dedos.
En Irlanda, la música está por todas partes. En las calles, músicos practican canciones populares y los transeúntes les arrojan monedas para alentarlos. En los pubs, hay pizarras avisando de las zonas reservadas para músicos, y así nomás, el que quiere tocar se va uniendo. Como en este bar de Belfast, donde llevo ya un rato escuchando al carrusel de músicos que va pasando.
A mi derecha están Charlie, un pelón que lleva una camiseta de Budweiser, y Kenny, un burócrata de lentes cuadrados y cárdigan negro.
—Disculpen, ¿tienen alguna recomendación sobre cómo llegar a Donegal? —Le pregunto a Charlie, interrumpiendo un silencio que los dos amigos han compartido durante al menos dos canciones.
—¿Saliendo de Belfast? —respondió Kenny.
Charlie volteó a verlo, incrédulo, como si se preguntara de dónde más saldría si estábamos en Belfast.
La isla de Irlanda está dividida en dos: la República de Irlanda y los seis condados que todavía están ocupados por los británicos, entre ellos Belfast, la capital de Irlanda del Norte. Donegal está en el noroeste de la República de Irlanda, adonde no hay trenes ni vuelos, solo autobuses que tardan casi tres veces más.
—Es que me dicen que no se pueden alquilar autos en el norte y cruzar la frontera al sur —les dije, dudoso.
La información la había leído en internet; el “me dicen” pudo haber sido Claude o Google.
Los dos se rieron como si les hubiera contado un chiste y me aclararon que sí, que se podía alquilar un auto y cruzarlo, aunque saldría un poco más caro.
Este breve intercambio dio paso a una conversación de horas en la que nos limpiábamos la espuma de los bigotes cada vez que nos servían otra Guinness.
Entraron al pub unos jóvenes que parecían una liga de superhéroes. Un alto con una guitarrita que podría ser una mandolina, con una etiqueta de compra en el dorso. Pisándole los talones, una mujer con lentes obscuros, tatuajes en los brazos y camiseta negra sin mangas, cargando una guitarra en el hombro. En la cola, un muchacho con sonrisa de adolescente saludó al de la flauta, apuntando al instrumento que llevaba en la mano para decirle que ya había llegado a relevarlo.
Me imagino que lo que ahora llamamos jamming ha existido desde que comenzamos a hacer música. De todas las artes, es una de las más colaborativas y una parecida a la conversación. Nunca sabes lo que te va a ofrecer el otro y solo escuchando podemos responder. Hay veces que todo sale bien y otras en las que da vergüenza haber compartido con el prójimo.
La voz de monzón destructor regresó después de salir a fumar un cigarrillo. Canta “There’s Whiskey in the Jar” mientras gesticula y me recuerda a la cara de Stallone, versión actual, con el pelo de Pacino en Heat. El bar se anima y Charlie y Kenny se unen al coro.
“Musha ring dumma do damma da
whack for the daddy ‘ol
whack for the daddy ‘ol
there’s whiskey in the jar.”
Se conocen desde que eran niños; sus madres eran amigas y, desde hace más de cuarenta años, se juntan en este bar para ponerse al corriente. Viven a unas cuadras el uno del otro, pero se ven un par de veces al año. Así somos los hombres, me dice Charlie: hablamos poco y masticamos todo.
Me cuentan de los Provos que se reunían en este mismo bar, donde segregaban a los hombres y las mujeres, y los insurgentes aprovechaban para planear sus actividades contra el imperio inglés.
Muchos de los irlandeses que conocí tenían un amigo o familiar que había muerto durante la violencia que duró más de treinta años y apenas se calmó en los noventa, conocida como The Troubles. El tío de Charlie, de hecho, murió en una explosión. Una mañana de primavera, los unionistas plantaron una bomba en venganza por la muerte de una menor, y el hermano de su mamá había estado en el lugar y en el momento equivocados. Dos hijas y su viuda aún viven en el vecindario donde estamos sentados cantando.
Un joven que parece que acaba de llegar de la década de los setenta, con el pelo shaggy, la chamarra vintage y un bigotín cincelado, se acomoda en uno de los bancos, saca la uña y se une al flautista, que ahora canta una de Manu Chao. En las partes instrumentales, el chavo le rasca a las cuerdas como un Gypsy King.
Después le toca a él y comienza a cantar algo que no reconozco, pero que el bar corea. La melodía retumba por las paredes y las voces del bar se van apagando cuando el setentero eleva la voz. Por primera vez, los vasos recogidos hacen notar su clink y clank. El joven canta como si le hubieran robado el alma y la buscara en esta canción.
Dada la sacudida de la última, los músicos decidieron tomarse un descanso y Charlie, Kenny y yo nos bajamos de los bancos, tambaleando y con cara de tucanes de Guinness, para despedirnos con un abrazo apretado que duró varios segundos.
—¡Que viva Irlanda! —Les grité cuando salimos.
—¡Tiocfaidh ár lá! —me gritaron los dos antes de soltarse a reír.
Cuando viajo solo, llego a sentirme invisible. Dependiendo del lugar y de sus idiosincrasias, pueden pasar días sin de verdad conocer a alguien. Pero en esta isla, todos los días regresé a mi habitación con nombres e historias de personas a las que una simple pregunta, o a veces un cheers, daba permiso para adentrarnos.
A la mañana siguiente, Charlie me mandó un mensaje para saber cómo estaba. Los dos nos sorprendimos de nuestra entereza y resiliencia y nos deseamos un buen día.
—Enjoy Ireland, mo chara —me dijo.
Tal vez esa es la satisfacción que sienten los músicos al terminar un buen jam: animados por lo que escucharon, inciertos de lo que será la próxima vez que se avienten al abismo de una canción.


