La bendita ignorancia
De viajar con la certeza de no saber.
Milán, Julio 2026.
Si acabas de llegar, qué bueno que encontraste la Bella Práctica. Este es un espacio donde practico la escritura y, de paso, comparto lo que aprendo sobre el hábito de hacerlo.
En las últimas semanas escribí desde el mundial, y agradezco mucho a aquellos que me leyeron y compartieron la página con otros.
También he estado trabajando en un cuento que comenzó a tomar forma durante el segundo partido del Mundial al que fui con un tío, y aunque todavía no está listo, les prometo seguir puliéndolo y compartirlo pronto.
Mientras tanto, les dejo este texto sobre algo que descubrí en las últimas semanas. Una forma de viajar que he adoptado sin darme cuenta y que espero aprender a desaprender.
Tal vez en el día a día había estado ahí, pero este viaje me ha hecho notar hasta qué punto vivo con la mirada pegada al celular.
¿A ustedes les pasa? ¿Cómo lidian con lo adictivos que pueden ser estos aparatos? ¿Les dan tranquilidad o sólo la ilusión de tener el control?
Nos leemos pronto.
La bendita ignorancia
Todos nos aferramos a algo, pienso mientras veo a milaneses viajando en el metro de su ciudad. Una adolescente de blusa azul se pega a las costillas de su padre. Una pareja de hombros descubiertos lleva los brazos trenzados y se hablan en susurros. Otros, muchos, con la cara asomada a la ventana de silicón que cargamos en la palma de la mano.
Recuerdo la primera vez que viajé solo. Tendría unos once años. Mis papás me colgaron un carnet del cuello y me subieron a un vuelo rumbo a Ciudad Obregón para visitar a mis tíos y primos. Eran tiempos distintos: el piloto me invitó a sentarme con ellos en la cabina. Me pidió solamente que no los distrajera y que, en algún momento, me enseñaría a volar.
Ha pasado ya mucho tiempo y ahora sólo tengo fragmentos de esa memoria. La advertencia de los pilotos, el olor a fierro viejo, las ventanas del frente con un inmenso cielo y las nubes esperando abrazarnos.
No sentí miedo en ningún momento. Desde esa primera vez, cuando viajo solo, siempre se me ha encendido la curiosidad, y sigo ruidos, sombras y corazonadas para explorar dondequiera que esté. Siempre me he jactado de viajar en la bendita ignorancia. Pero este viaje ha sido distinto; me encuentro en plena batalla contra la certeza.
Con la ayuda de guías de viaje, Claude, Google, Yelp, reseñas en Maps y búsquedas en internet, viajar sin saber es casi imposible. Me encuentro constantemente absorbido por la pantalla, viendo adónde voy, qué hay alrededor, y perdiendo el tiempo con la cabeza abajo en vez de ver la inmensidad que me rodea.
Además de viajar sin ver, creo que también ha impactado mi habilidad para conocer gente. Como llego a lugares que busqué, rebusqué y releí, me queda poco interés en saber más. Al saber dónde estoy y a dónde voy a todo momento, hablo menos con otros, y los lugares que termino frecuentando son muy parecidos o predecibles: una mezcla de turistas que hicieron la misma búsqueda y uno que otro local que nos ve de reojo porque le estamos gentrificando el lugar.
Viajar con certeza es aburrido y estoy intentando cambiarlo, pero con muy poco éxito.
Inicié a principios de julio un sabático en el que he intentado leer, escribir y visitar amigos en México y Europa hasta septiembre. Es un lujo, un privilegio, poder tomarse el tiempo para no tener nada que hacer. Y como he compartido antes aquí en la práctica, esto de no hacer nada me cuesta. Siempre he entendido mi valor por lo que produzco, así que la productividad se ha convertido en planear, en tener listas, en completar todo lo deseado mientras viajo.
El problema no es sólo el celular; es una nueva ansiedad por saciar la necesidad de saber, la imposibilidad de perderse, de no tener la certeza de qué sigue, de qué me encontraré. Antes, esa era justo la motivación: salir a encontrarse con la ciudad. Ahora, con un par de búsquedas en el móvil, siento una falsa certeza de lo que habrá.
Desafortunadamente, esa necesidad de información es totalmente inútil. No ha mejorado la calidad del viaje; no he visto lugares más interesantes y he conocido poca gente nueva. Es muy veni, vidi, vici el comportamiento, pero ahora es search, click, check, y me voy a lo que sigue en la lista.
El único momento en que no fue así fue cuando no tenía control sobre absolutamente nada. Una amiga me regaló un boleto para acompañarlos a ver a Bad Bunny en el Hipódromo de Milán, parte de su gira Debí Tirar Más Fotos, y fue justo el Conejo Malo el que me hizo despertar de este estupor digital.
El disco que lleva el nombre del tour es de nostalgia y de memoria. En cada una de las canciones, Benito nos habla de amigos de vida, de nenes, de amores que extraña, de fiestas que todavía le retumban en las sienes.
En el calor de Milán guardé el celular y bailé, y bailé, y bailé, añadiendo al polvo que levantábamos los miles de Latinos e italianos que coreábamos sus canciones.
Me llenó de orgullo ver a este joven parado frente a nosotros, con su traje blanco que combinaba con el rosado del atardecer. Y justo ahí, en ese momento, Bad Bunny nos habló en español y nos pidió a todos que guardáramos el celular y que, por un momento, disfrutáramos del presente, del otro. Con la ayuda del tecladista, iniciaron las notas de DtMF y nos volvimos todos locos.
—“¡Gracias Benito!”—Le grité una docena de veces empapado en sudor desde el pelo hasta los pies.
Al regreso, todavía high del bailongo, vi a la gente en el metro aferrada. Saqué mi celular por primera vez en horas y vi que no tenía fotos ni videos del concierto; ni siquiera sabía adónde iba. Sólo me había subido al metro siguiendo los señalamientos.
Con los dedos de los pies palpitando y los tendones de Aquiles adoloridos, encandilaba a los milaneses con una sonrisa y la pava puesta. Los que me veían a los ojos me la regresaban, y una pareja me preguntó algo que no entendí.
—Non parlo italiano, mi dispiace —les dije con los dientes pelados.
Uno me habló en español y me invitó a acompañarlos a comernos un kebab.
—¡Va! —les respondí rebosante.
Terminamos la noche tomándonos unas Quilmes y compartiendo papas a la francesa, recordando momentos del concierto.
Al día siguiente comencé a dejar el celular en el morral. Saber la dirección a la que voy, mirar hacia arriba y sonreír, a ver a quién encandilo para viajar un momentito juntos.
Al final, quizá viajar se parece menos a sentarse en la cabina del avión y más a aceptar que uno nunca fue el piloto. Que el camino se comparte con quien nos atrevemos a verle al rostro, y que cuando dejamos de querer controlarlo todo, es cuando el viaje comienza de verdad.



Muy bonito todo lo que escribes y muy interesante 😍❤️😘♥️
Me encantó